domingo, 31 de mayo de 2009

El Escritor y La Maga - Agua Salada -

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El otoño castaño acurrucó las benditas horas de amor.
Sobrevino la ternura, las lágrimas aún eran perlas.
Quedaron tendidos en un abrazo mudo, hondo, interminable.

Respiraron el aire que los acunaba.
Los ojos de la Maga, como dos extremos luceros, no querían cerrarse, temiendo que un solo pestañeo la dejara nuevamente sumida en la ausencia.
El no quiso abrirlos, temiendo el hechizo de los luceros negros. Ell amor se le había hecho batalla.

Envueltos el uno en el otro, permanecieron así, entre la tibieza y los perfumes salvajes de la piel.

Los cuerpos fueron poniéndose fríos, las perlas se fueron haciendo agua salada.
De pronto un viento huracanado ensordeció el espacio que fue cayendo en la realidad.
Ella cerró sus enormes ojos, a cuenta que el sueño iba llegando a su fin.
El escritor los abrió, miró fijo hacia la ventana y vió la tormenta celosa que cubría el cielo, que se les metía entre relámpagos, en las mismas manos que hasta hacía un rato, eran caricias de luna.

Se abrigó furioso y saltó de la cama.

Los cuerpos se hicieron nuevamente llagas.

Con el dolor hecho puñales abandonó una vez mas la esperanza de que aquello fuera posible.

Solo el más inusitado y rugiente sexo los unía.
Solo sexo.
El deseo más exuberante, infinitamente único.
Lo sabían, se lo habían confesado.
Luego, todo era tempestades.

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lunes, 25 de mayo de 2009

SOCIEDAD CONYUGAL


Sirvió dos copas de vino.

Se sentó en la banqueta alta, del otro lado del pasa platos, y desde allí la observaba cocinar.

Le gustaba verla moverse despacio, recorrerle las formas con la mirada.

El hablaba, ella no lo escuchaba.

En el mismo tono en que venía relatando la tarde de póker en el club, con sus amigos de siempre, le tiró, en una bocanada, su recelo masticado entre dientes.

Ella reparó en el giro del relato y comenzó a prestarle atención.

- El tipo casi se tira sobre el auto cuando yo estacionaba cerca de la esquina de su negocio. Miraba insistente, supongo que el reflejo del sol no lo dejaba ver con claridad que era yo quien conducía.

Tomó un trago de su copa sin quitarle la vista de la espalda, atento a cada movimiento de su mujer.

- Creo que se confundió creyendo que eras vos quien iba al volante, ese tipo quiere cojerte.

“Ya lo hizo”- pensó ella.

- No quisiera ni pensar en la posibilidad de que pueda pasar algo, si es así, acá termina todo, si solo me comentan algo, si se te acerca…

“Ya está terminado entonces”

- Tenés algo para decir?- Le preguntó mientras le acercaba la copa de vino y le rozaba el cuerpo de manera poco sutil.
- Prefiero no hacerlo, de decir algo, debiera decirte que me ofende el solo hecho que lo pienses.
Tomó lentamente la copa que el le entregaba y fue metiendo su pierna entre las de él, profundamente, apretada, rozando su entrepierna.
Manejó la mirada.

Transportó la sensación mas helada al mas pavoroso calor, usó su mano libre para pegarlo a su cuerpo.
El hombre no se resistió, solo la dejó hacer.

Y ella lo hizo todo, no le dejó momento de lucidez, lo aprisionó sin piedad hasta el agotamiento más torturante. Sabía que eso bastaría para concluir el tema.

Por lo menos por un tiempo…
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domingo, 17 de mayo de 2009

De "El Escritor y La Maga"


Ni un minuto antes, ni uno después.
Volvieron a encontrarse el alma.

Ella cerró los ojos. Su cuerpo se brotó de escamas de plata, al volver a sentir el olor de su piel. Se hizo pez. Se le ahogó la boca, de desear un beso, se inundó completa y se hizo blanca, nacarada, transparente. Se hizo tersa, dócil, frágil. Se hizo estela de agua para envolverlo. Se hicieron perlas sus collares de lágrimas.

Abrió los ojos y lo vió allí.

El cerró los suyos. La sintió liquida, suave, blanca, bañando su contorno con el agua de su boca blanda. Se le hizo calor el cuerpo, que se fue encendiendo del color del cielo. Se derritió su corteza de ébano, se hizo sedal para el collar de sus pechos, transformándose su piel en urgencia.

Abrió los ojos y la vió allí.

Después de tantas lunas y tantos soles, se hallaron, se miraron, se respiraron con las ganas mas profundas, con el deseo mas voraz y cansado.

El espacio atónito.
El tiempo asustado por el vértigo de los latidos.
Las paredes blancas se retiraron, se recostaron en el horizonte y el cielo de afuera se les metió tramposo entre las manos, que agitadas por la pretensión de tocarse, convirtieron las caricias mas mansas en desmoronados vientos.
Se les abrieron las pieles y las llagas mas grandes se desvanecieron, el roce se hizo música y ambos cayeron llenos, al beberse el aire del que aun eran dueños.
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Imagen: Olga Sinclaire
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martes, 12 de mayo de 2009

LOLA - Hombres perros - Final



Un bodegón oscuro y tan procaz como la misma noche, atestado de humo y voces roncas, le abrió las puertas.

La música sonaba desparramada en el ambiente.

Lola se detuvo firme, sosteniendo su corazón agitado, simulando no registrar las miradas ajenas.

Lo buscó.

Reparó incomoda en que no sabía a quien buscaba.


Su metro setenta le permitió ver mas allá de la marejada de almas, consustanciadas en su humo, la música suave y sugerente.

Divisó al final del lugar un conjunto de mesas deshilachadas.


Llegó hasta allí tomándose su propio sudor, perfumado aún a maderas frescas, ataravesando los cuerpos extraños. Recorrió el espacio con la mirada.


Un “perro” sentado en una silla que pendía de las dos patas traseras, hamacándose hasta apoyar sobre la pared descascarada, la miró.


Ella lo adivinó. Fijó su vista en él a la espera de alguna señal, mientras intentaba reconocer en su cara, algún rastro que le dijera que era el ejemplar que ella había imaginado.


El tipito pareció perder el color de su rostro mientras recorría impávido toda la anatomía de esa mujer, y reparaba atónito, en la postura erguida que la mostraba tan segura, calzando impecable aquel escote profundo.


Ninguno se movíó del lugar, él bajó la vista y ajustó la silla al piso. Lola comprendió.


Se acercó lentamente, se paró frente a él y quedó a la espera de que la mirara. Cuando tras sentirse presionado, lo hizo, ella puso la rosa que aún traía en su mano sobre la mesa, y después de penetrarlo con su mirada, giró vehementemente y se alejó de allí.


Parecía que la noche se había terminado antes de empezar...


... pero la música cobró existencia, Lola se enredó a ella y bailó a solas con el angel de su soledad.


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jueves, 7 de mayo de 2009

LA MAGA - Dibujando Deseos -

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La Maga sintió una repentina pretensión de ser acariciada.
Se tiró de espalda sobre la arena, mirando al cielo contagiado de los colores del mar.

Sus brazos tomaron su cuerpo, en completa soledad, entregada al espacio breve de su curvado contorno.

Se animó y sintió.
Caricias, miel en los labios, perfumes azules.
Suspiró agitada.

A ciegas, entrando y saliendo de la escena tibia, suave, sorda, confundida por las sensaciones y el deseo que crecía.

Abrió nuevamente los ojos.
Allí nuevamente, el mismo cielo.

Prefirió alejar sus pensamientos, se incorporó en el afán de salirse de ella misma, de la imagen que la encandilaba y del calor de su cuerpo.
Tomó su lámina, sus lápices y comenzó a dibujar el atardecer, tal cual lo sentía en su piel.
Un sol, que como un gigante botón incandescente, se iba metiendo tras el horizonte de un mar sumiso y seducido por su imponencia.
Sus trazos más sensuales opacaron de grises semejante paisaje.

Unos minutos mas tarde volvía hacia la casa. Pasó por la sala y besó, algo ausente, al escritor que la esperaba.
Siguió hacia el cuarto, se desnudó y preparó el baño para una ducha.

El Escritor fue tras sus pasos.
Algo que vió sobre la mesa lo detuvo.
Tomó la lámina que había dejado La Maga. Tras verla, desvió la vista hacia la ventana y vio como el sol iba cayendo, a solas, sobre el pliegue infinito entre el cielo y el mar, al igual que en el dibujo.

Entró al cuarto de baño, y tuvo un claro registro del sobresalto de La Maga al verlo aparecer.
Ella estaba lejos de allí, y él, que miraba su alma, lo supo.
Sintió deseos de traerla nuevamente a su lado.
Se fue acercando, mirándola fijamente a los ojos, sabiendo que su mirada la cegaba.
Y no fue distinto a otras veces, La Maga solo necesitaba sus ojos para sentirse claramente hipnotizada.

Se mezclaron entre la espuma y el agua.

El Escritor la fue emborrachando con sus manos, con su cuerpo, hasta sentirla como una tela delgada deshaciéndose en sus manos, hasta volverla suya.
Quiso saber donde estaba.
Ella dada a él, cerró los ojos y como aturdida de su propia voz, le contó,”- Una mujer pequeña, descalza, vestida de blanco, con el pelo enmarañado por el viento, caminando por la orilla del mar.
Una mujer dibujada en mis deseos.
La imagino como la espuma, suave y blanca. Pequeña y coronada de azabaches, sentí que sus manos acariciaban mi espalda. Todo fue perfume a lavandas.
Una mujer clara, una mujer mar, colmada de algas azules, húmeda y cálida”

El Escritor sintió un calor poderoso y súbito, una extraña perturbación en la que se sumergió su mente y su cuerpo.

Era la misma mujer que él había visto en la lámina, tal vez la misma que aquella tarde, rondaba en su ventana.

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